Vuelvo al pueblo. Pero esta vez no es un pueblo cualquiera. Es el pueblo de mis abuelos y también, el de mi madre. Talaván, uno de los llamados cuatro lugares de Extremadura con Hinojal, Monroy y Santiago del Campo. Un pueblo que hace años pasaba de los 2500 habitantes y en el que ahora no viven más de 700 personas, y más de la mitad en la última etapa de su vida.
En los años 60 y 70 muchas de las familias, entre ellas la de mi madre con 14 años, los Cerro Flores, los Emilio y Vicenta, la de las erres, decidieron marcharse a la ciudad. Madrid, Bilbao y Castellón, fueron los destinos preferidos. El pueblo tenía previsto abrir un instituto, que nunca llegó a abrirse, y los alumnos pasaron de ser 35 a no ser más de 15 en clase. Hoy, el colegio público de Talaván acoge a los 50 alumnos desde infantil a 6º Educación Primaria, repartidos en varios niveles mixtos. Una vez terminan la educación primaria, deben estudiar la secundaria en Cáceres, a poco más de media hora en autobús.

“Estamos empeñados en mirar siempre hacia adelante, y nos olvidamos de lo que dejamos atrás”. Fulgencio y Conchi llevan viviendo en Talaván toda su vida. Ful era del pueblo de al lado, Hinojal, que se ha hecho famoso por el reciente caso del asesinato de la lotería, en el que ahora no viven alrededor de 400 personas. Conchi ha nacido al lado de la última casa de mis abuelos, y ha trabajado toda su vida como hostelera en varios bares en su pueblo.
Ambos han visto como el pueblo, su pueblo, ha ido reduciendo el número de vecinos, ya sea porque se han marchado, porque se han muerto, o porque ya no nacen tantos niños. De 10 bares o más que podía haber en su época, hoy sólo quedan dos: el del quiosco y el de la plaza. De casas de comida ya ni hablamos, la única es la de Conchi, que cocina excepcionalmente y por encargo.
Hace 21 años Conchi abrió la casa Rural La Breña, en un sueño de ver crecer el pueblo y poder acoger a los foráneos que vienen de visita. Algo que surte efecto en ciertas épocas del año, como primavera, verano o los santos. “La gente ya no viene. Talaván no está de camino. Si vienes tiene que ser porque lo conoces, si no, no sabes que existe”. En dos semanas, se han alojado en la Casa Rural dos personas, de Bélgica. Resulta curioso que en Cáceres cueste conseguir una habitación para para pasar un fin de semana a precios desorbitados, y a media hora, en Talaván, sobre sitio para dormir.
Hace unos años se puso en marcha una planta solar que dio un respiro a los vecinos y empresarios de Talaván. Fue en 2019, el año antes de la pandemia. “Tenía el comedor lleno todos los días”. La casa rural daba de comer y alojaba a los trabajadores de la construcción. Se prometieron puestos de trabajo, pero todo quedó en un suspiro momentáneo, ya que, al terminarse la obra y llegar la Covid, los trabajadores, al igual que vinieron, se esfumaron. El comedor de Conchi se volvió a quedar vacío, y con él, su pueblo. Ahora, Conchi ha decidido aceptar sólo comida por encargo y los restaurantes más cercanos están a 15 minutos en coche, ya sea en estaciones de servicio o pueblos cercanos.

Las calles siguen vacías, pero el pueblo no desiste, y resiste. Desde la Asociación para la investigación, defensa y promoción del patrimonio de Talaván, trabajan por recuperar la historia y memoria de la antigua capilla del Santo Cristo, que alberga los llamados ángeles malos. Una antigua ermita del siglo XIII que acogió el antiguo cementerio del pueblo. Además, han conseguido financiación para investigar y rehabilitar la antigua zona del castro del cerro de la breña, donde se han descubierto restos de lo que podría ser un antiguo asentamiento romano de carácter militar. Dos hechos que sirven para preservar la memoria de un pueblo que cada día trabaja por seguir existiendo.
El ayuntamiento está organizado por gente joven que no para de organizar actividades para sus vecinos. La Casa de la Cultura es el centro de todas las iniciativas ciudadanas, desde el Hogar del pensionista, pasando por la asociación de amas de casa, el Ampa, y los distintos voluntarios que venimos a impartir talleres. Desde Ineco Rural TIC intentamos romper la brecha digital en los pueblos de la llamada España vaciada, para acercar los beneficios y amenazas de la tecnología a los vecinos y empresarios de la zona.
Todos se conocen, y la mayoría son familia. Se podría decir incluso, que mi familia. Al taller acuden 8 personas, todas mujeres. De los hombres, la mayoría trabajan y se van al bar, o a jugar la partida. Ellas se apuntan a todo, y si puede ser, a más. Una de mis alumnas fue vecina de la hermana de mi abuela, “era como mi tía”, la Teresa erre (porque no sabía pronunciar la erre). Eso nos convierte casi en primas. Algunas están de paso, de visita, otras viven desde siempre. Pero todas hablan y curiosean, comparten su historia. Y de lo que no hay duda, es que todas se manejan a gusto con la tecnología.
Hay veces que Conchi casi dice que es mejor que no se masifique el pueblo. Sólo hay un autobús al día desde la capital. Sale por la mañana y vuelve al mediodía. Si no tienes coche, estás perdido. Si viniera mucha gente puede que perdiera su encanto. El encanto de salir a pasear en primavera caminando al río para ver su virgen. Un camino al río Tajo que te muestra lo más bonito de Extremadura. O sus puestas de sol, únicas, que puedes ver desde lo alto de cualquiera de los cerros que rodean al pueblo. Un pueblo encajonado, y que, según sus vecinos, tiene la forma de México.
Nos marchamos cuando justo cuando empieza la Semana Santa. El pueblo recobrará un poco más de vida. Las mujeres y hombres saldrán al fresco con su silla y se pondrán guapos para ir a misa. También será tiempo de ir a ver a sus muertos, por el camino del cementerio, comentando las cercas de los vecinos en un camino que se ha convertido casi en carretera nacional de tanto tránsito. Y lo cierto es que aquí, los muertos descansan, pero también, hacen compañía.
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