El avión tocó tierra a las 21.00h, momento justo en el que dio comienzo la final de la Eurocopa de fútbol masculina en Berlín, ciudad de la que casualmente volvíamos tras escaparnos cinco días de vacaciones para celebrar el cumple de Miguel. Pero esa es otra historia.
Nos fuimos de la capital europea del fútbol escuchando a lo lejos los cánticos de los aficionados ingleses con unas cervezas de más. Nada más aterriza el avión, nuestros vecinos de asiento sacaron móvil, radio y Tablet para seguir el partido. Después de tres horas sin dirigirnos la palabra, comenzamos a comentar las jugadas, comprobando que alguna señal llegaba antes que otra, creando una confianza en un espacio reducido en el que a nadie parecía importar bajarse del avión. “¿Qué compañía tienes tú? Pues va a ser mejor escucharlo por la radio, que así nos enteramos antes si marcan gol”. Ya estábamos entretenidos.
A las 21.30 salíamos de la cabina para recoger nuestro coche. Lo tenía una empresa de aparcacoches y teníamos que recorrer los largos pasillos de la T4 y subir dos pisos hasta el parking de salidas, donde se supone nos esperaba el chófer que nos daría las llaves. Caminando por los pasillos del aeropuerto podías ver el partido proyectado en cada uno de los televisores de la terminal, con grupos de gente a su alrededor, como si estuvieran al calor del fuego en invierno, contando historias. Solo que aquí, la historia se contaba sola, y ellos la miraban. Nadie hablaba, sólo se oían el ¡uf! ¡Ay! PSS!! de los casi goles y paradas de los jugadores.
Al salir a la sala de recogida de equipajes, más de lo mismo. En vez de informar de los destinos de las maletas, las pantallas situadas en la parte superior sólo mostraban el partido, creando un mosaico de ocho televisiones distintas con la misma programación, y alrededor de cada una los cinco o seis, u ocho o diez pasajeros que aún esperaban sus maletas, aun sin saber por dónde aparecerían.
Encontramos al fin la salida al exterior, la famosa puerta de los reencuentros, donde una familia y sobre todo una hija pequeña, ajenos a lo que la actualidad que el fútbol demandaba, esperaban a su madre, quien coincidió con nosotros atravesando la puerta, regalándonos el más bonito de los abrazos y las sonrisas, mejor que cualquier gol de la selección española.
Subimos aun dos plantas más arriba, a salidas, donde debíamos recoger nuestro coche. Pero allí no había nadie, ni coche, ni aparcacoches. Tras llamar nos dijeron que ya iban, pero viendo la hora, deducimos que hasta que no llegara el descanso, nadie aparecería. Y así fue, un conductor apareció a los diez minutos, justo en el momento en que el árbitro pitó el final de la primera parte.
El viaje a casa no tiene demasiado interés, salvo por las carreteras vacías, poco antes de las diez de la noche, una rareza para una noche de verano en Madrid. La M-40 y la A-6, con tres o cuatro coches, sino solos a tramos, en un viaje que nos recordaba a las épocas de pandemia, como si pronto el mundo se hubiera vuelto a esfumar quedándose en casa, salvo que hoy, no era por obligación, y la mayoría se congregaban en plazas y bares. Los comentaristas lo vivían en primera persona y a mitad de camino, nos enteramos del primer gol, miré la repetición de la jugada en el móvil y se lo narré a Miguel en primera persona.
Quisimos prórroga, a ver si con suerte podíamos llegar a verla en casa. Justo en la entrada de Villalba, poco antes de las 23.00, nos enteramos del segundo gol, momento en el que decidimos que cenaríamos una hamburguesa del Mc Donalds, un clásico entre los clásicos, como celebración y fin de fiesta. Casualidad o no, tardaron más de media hora en atendernos, igual por el fútbol, igual tenían mucho trabajo. Ya que estábamos esperando, decidimos aprovechar los últimos minutos de partido para ver el final. Y fue ahí, esperando la cola de recogida de nuestro Big Mac y Mc Royal, donde vimos el segundo gol, y gol de la victoria, en formato pequeño tamaño móvil, antes de finalizar el partido. Casualidad o no, justo entonces pudimos recoger la comida y llegar a casa, a eso de las 23.30-23.45. En el camino vimos algún fuego artificial, las sirenas de las ambulancias sonando a todo volumen y el jaleo de los cánticos de fondo.
Llegamos a casa, vimos cómo les entregaban la copa a los jugadores, ahora sí, en pantalla grande mientras cenábamos nuestra hamburguesa, y en menos de media hora nuestra oreja planchaba la almohada, como si nada hubiera ocurrido. Para muchos habrá sido el evento del año, del siglo, un cambio. En un tiempo se preguntarán, y tú, ¿dónde estabas?
Nosotros, volviendo justo de Berlín, la capital del fútbol europeo, más por casualidad que por suerte, en un viaje de vuelta, donde sí que fuimos conscientes de cómo es posible que un evento, el fútbol, paralice y unifique una ciudad, dos ciudades, un país, por el mero ámbito del entretenimiento. Pero tampoco fue, no vayamos a pasarnos, una experiencia que nos haya cambiado la vida.
6 comentarios
Pingback: hello world
Pingback: clozaril
Pingback: creon alternatives reddit
Pingback: flagyl for dogs 500mg
Pingback: liraglutide and acute pancreatitis
Pingback: vardenafil cardiovascular contraindications