Lo maté por aburrimiento. Demasiados días iguales merecían un final distinto.
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Lo maté por diversión. De pequeños siempre nos había gustado jugar a policías y ladrones, llevar el juego al límite, acabar en la cárcel. Salvo que esta vez, podríamos decir que nunca llegó a salir del talego.
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Estaba harta del vaivén de sus ronquidos. Era incapaz de pasar una noche más sin conciliar el sueño. Así que aquella noche, agarré el frasco de alcohol guardado por largo tiempo en el armario del baño, dispuesto a representar su gran obra maestra, su momento. El pañuelo empapado hizo todo el trabajo, y por fin, después de treinta años, pude dormir a pierna suelta.
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No aguantaba más a mis trabajadores, siempre con sus peticiones, reclamaciones y súplicas constantes. Me estaba tomando el café de media mañana cuando Aida, la responsable de compras, interrumpió mi delicioso momento de descanso. Justo acababa de terminar de empaquetar los últimos encargos y las tijeras yacían sobre la mesa. Aquel fue su último día de trabajo, y el día más feliz de mi vida.
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Siempre quise saber lo que se siente. Lástima que el conejo Dolly, aquel conejito blanco, suave y esponjoso que regalamos a mi hermano por su cumpleaños, no opinara lo mismo. Fue mi primera y última víctima colateral.
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Cansada de sus múltiples preguntas a todas horas, le di su última respuesta. Un cuchillo en el pecho mientras anotaba el signo de interrogación en la libreta marrón.