Sube-escaleras

21 abril, 2022 in Cuentos

A los doce años le cogí miedo a los ascensores y comencé a subir escaleras. No recuerdo cuánto duró la fobia y en consecuencia aquella manía absurda, pero sí me acuerdo de las primeras escaleras. Pertenecían al bloque de pisos de la urbanización dónde vivíamos: un primero con tan sólo dos tramos de escaleras. Algo fácil y sencillo.

La cosa se fue complicando con cada nuevo bloque de pisos que visitaba. Si tenía suerte, sólo era uno o dos tramos de escaleras, o incluso ninguna si los planetas se alineaban y aquel al que íbamos a visitar vivía en un chalé con jardín, y más aún si la casa era de una sola planta y sin escaleras. Ese día era una fiesta.

El reto de subir escaleras tomó forma y riesgo el día que fuimos a visitar la casa de mis abuelos por primera vez desde que me albergara el miedo: un piso de doce plantas con un total de 345 escalones. Mis abuelos vivían en la penúltima planta. Me sé bien el número de escaleras pues me dediqué a contarlas cada domingo desde entonces a medida que subía y bajaba cuando íbamos de visita. Hasta el portero me conocía. En cuanto llegábamos al portal, salía corriendo escaleras arriba antes de que me a mi madre le diera tiempo a detenerme y meterme de un manotazo en el ascensor. Al principio comenzaba con fuerza, con ganas, subiendo los tramos con pasos rápidos y cortos, las piernas llenas de energía. Ya en la quinta planta daba por finalizado el calentamiento y bajaba el ritmo, comenzando a notar los muslos y los gemelos cansados del esfuerzo. Sobre la mitad del camino oía como el resto de mi familia abría la puerta del ascensor encontrándose ya en el final de camino, en la planta 11, mi objetivo, sin haber realizado mayor esfuerzo. Porque al final, subir aquel tramo de escaleras cada semana se había convertido en un auténtico reto personal, más allá del miedo que hubiera tenido o tuviera a los ascensores. Los últimos tramos de escalera siempre los subía de dos en dos, dando a mis piernas un último esfuerzo antes de llegar a la meta. Y allí, arriba del todo, mi madre me decía: “Anda, entra en casa de la abuela. De la próxima no te libras de subir en el ascensor”. A veces subía hasta la última planta, por darle mayor emoción. Y así, cada domingo.

La bajada era otra historia. Bajaba raudo y veloz como un rayo con el objetivo de conseguir superar en velocidad a aquella máquina metálica, automática y cuadrada que albergaba a toda mi familia encerrados cual caja de cerillas. Bajaba los doce pisos en cuatro minutos cronometrados y si tenía suerte y vencía al ascensor, abría la puerta a mi familia al llegar a la planta baja.

Aquellas primeras navidades de mi fobia tuve que hacer frente a un nuevo reto que me hizo replantearme mi miedo a los ascensores. La celebración de Nochebuena en casa de mis tíos: un rascacielos en pleno centro de Madrid con 23 pisos de altura. Mis tíos vivían en la última planta. Cuando decidí comenzar a subir escaleras, nunca me había planteado que tendría que subir 23 pisos multiplicados por dos tramos de escaleras cada una. Miré hacia arriba antes de entrar al portal y solo vi un haz de luz al final del todo, casi tocando el cielo. “Ahora qué vas a hacer eh, ¿Listillo?”, me susurró mi hermana al oído mientras tocaba el timbre del ascensor. Contuve el aliento y tan sólo un resoplido salió de mi boca. La tenía seca y no conseguía articular palabra. “Venga, cariño, súbete al ascensor con nosotros”, me dijo mi madre con el tono más cariñoso.

La luz verde del ascensor se encendió en señal de que la máquina cuadrada y metálica había aterrizado ya con el objetivo de almacenar a todos aquellos seres humanos en su interior, encajonándoles como cigarrillos en un paquete de tabaco. Un espacio minúsculo parecido a una lata de sardinas donde no había ventilación ni corría ni la más mínima gota de aire. Mi madre abrió la puerta y me invitó a entrar. Mi vista se fijó en el interior de aquel minúsculo cubículo, daba la impresión de que aquellas paredes de cristal y espejos se fueran a estrechar de un momento a otro. Era imposible que todos cupiéramos allí dentro. Levanté la vista y miré el primer tramo de escaleras. Me dije a mí mismo que ya se había acabado la tontería, que era imposible subir todas esas escaleras y no morir en el intento. No me quedaba otra que decidir si quería morir aplastado en aquel cubículo junto a toda mi familia. No podía ser. Tenía que haber otra salida. Mi mente comenzó a trabajar de una manera rápida realizando un cálculo mental: 23 pisos de escaleras equivaldrían al menos a 500 escalones de subida y 500 escalones de bajada. Era imposible que una persona humana, y menos un niño, pudiera realizar tal proeza. Me di por vencido. Me preparé para decirle adiós al mundo y miré de nuevo al pequeño cubículo donde ya toda mi familia se había apretujado dejándome el último hueco al lado de la puerta. Todos me miraban con ojos ilusionantes, excepto mi hermana, cuya mirada me retaba sabiendo que no sería capaz ni de subir en aquel ascensor, ni de subir todas aquellas escaleras. Di un paso adelante, las piernas me temblaban. Mi madre alargó la mano e intentó agarrarme del brazo, pero justo en el momento en que vi mitad de mi cuerpo metido en el ascensor sin ventilación, sabía que, si entraba, nunca más podría volver a salir. Me solté de un tirón del brazo de mi madre y me di impulso escaleras arriba dejándoles a todos con la boca y la puerta del ascensor abierta.

Uno, dos, tres tramos de escaleras. No sabía si iba a lograr alcanzar la meta, pero sí sabía que esa era la única manera de hacerlo y sobrevivir. Como siempre, a los cinco pisos mis piernas comenzaron a flaquear, pero mantuve un poco más de la cuenta el ritmo hasta alcanzar la planta número diez. Tan sólo me quedaba un poco más de la mitad. Decidí pararme a coger aire y abrí la ventana del portal. Afuera, la ciudad respiraba calma y olía a Navidad. Absorbí el viento fresco del invierno y continué escaleras arriba. Cada vez más lento, pero sin perder el ritmo. A los 15 pisos no sentía mis piernas, pero una y otra vez me decía que ya quedaba poco para llegar arriba. Desde la última planta, mi padre me animaba diciéndome que ya no quedaba nada mientras escuchaba a mi hermana entre risotadas: “Si te cansas, siempre puedes coger el ascensor”.

No podía continuar subiendo y definitivamente, no podía volver bajar. En el piso 18 tuve que parar y sentarme a reflexionar. Quizá esta fuera la mayor hazaña que jamás hubiera conseguido en la vida y que definitivamente, no iba a poder repetir debido a su gran nivel de exigencia. “Si tengo que morir, que sea luchando”, pensé. Subí los últimos pisos de dos en dos, orgulloso de sacar la fuerza de donde no la tenía. La camisa blanca y la chaqueta negra que llevaba para la cena estaban completamente empapadas. Sudaba desde la cabeza a los pies. Acabé por quitarme los zapatos que ya me habían hecho ampollas desde la tercera planta. Llegue a la cima completamente sudado, desfallecido y descalzo, pero feliz de haber logrado mi reto y, aun así, sobrevivir. Abracé a mi padre y mi madre me dijo: “Anda, entra en casa Sube-escaleras”. Desde entonces, eso sí, superé del todo mi miedo a los ascensores.

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