El despertar

31 marzo, 2022 in Microrrelatos

Mis párpados no me dejan despertar. Los tengo plegados sobre mi rostro y no quieren abrirse. Dicen que es muy pronto, que aún no es la hora, que no vale la pena. Intento abrir al menos uno, pero el párpado se resiste y continúa plegado sobre mi ojo. Frunzo el ceño, les doy los buenos días, me estiro pensando que igual así deciden amanecer, pero se resisten. Los masajeo con mis manos dándoles la confianza para que me permitan ver el nuevo día. Descubro encajada una legaña. Al retirarla, mis párpados se dan cuenta consigo que se abran. Quieren saber qué está pasando. Logro que mis ojos parpadeen, sólo por un instante. Las pestañas comienzan a moverse arriba y abajo, produciendo un aleteo leve y fugaz. En tan sólo ese instante, una brillante luz atraviesa la córnea, llegando hasta la retina. La pupila se asusta, se contrae y de nuevo, los párpados se cierran y todo queda oscuro. Mis ojos quieren volver a dormir, no se atreven a salir.

Los párpados, continúan sin querer despertar. Demasiada luz. Las pestañas abandonan el movimiento y se posan de nuevo firmes pero elegantes sobre la piel, haciendo que los párpados cubran de nuevo todo el conjunto del ojo, como una manta que cubre el frío en invierno. Dentro, en la oscuridad, la pupila se vuelve a expandir, como un gran agujero negro donde ya no hay luz, sino sólo sombras de algo que creyó ver afuera.

Las pestañas se revuelven pidiendo que se suban las persianas, que entre de nuevo la luz, claman auxilio, dicen que ya es muy tarde. Aprovechan un bostezo, un roce de manos para volver a batir sus alas haciendo a los párpados despertar de nuevo. La luz brillante vuelve a sumergirse en el ojo arrasando desde la córnea hasta la retina. La pupila se contrae, se convierte en una línea fina, finísima, consiguiendo que la cueva se reduzca a un suspiro, a ese bostezo. Primero vislumbra sombras, retazos de algo que es pero que no define, luego distingue objetos y formas y por fin, imágenes nítidas bañadas por la luz del sol. Las pestañas aletean y crean una danza jugosa donde no hay ritmo y tan sólo siguen el compás del caos que los ojos le marcan. Los párpados se resignan y dan por comenzado el día, replegándose y estirándose alrededor del ojo, plenos de actividad.

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