Aquella mañana, la madre de Carla se levantó como todos los días para preparar el desayuno a su hija de doce años, a quien oía de fondo secándose el pelo y tararear una canción. Desde que se levantó esa misma mañana, aquella niña, Carla, comenzó a hablar en francés sin previo aviso. Y ya nada volvió a ser igual en la familia.
Carla no sabía francés. En el colegio no era una asignatura que se estudiara y nadie en su familia hablaba ese idioma. Nunca habían visitado Francia ni conocían a ninguna persona francesa. Carla sólo había tenido contacto con la cultura francófona de alguna película que se hubiera colado en la televisión y los famosos croissants, que como todo el mundo sabe, vienen de Francia. Pero nunca, nunca, Carla había escuchado la lengua francesa. Y, sin embargo, desde aquella mañana, parecía que la dominara a la perfección.
– “Bonjour maman, qu’y a-t-il au petit-déjeuner?”-Al bajar a la cocina aquella mañana, Carla le pidió las tostadas a su madre en su recién estrenado francés. A simple vista, daba la impresión de que ni ella misma se daba cuenta de estar hablando otro idioma. Y en vez de contrariarse, parecía deleitarse con la musicalidad de aquella lengua.
– “Carla, hija, ¿Qué mosca te ha picado? Anda, déjate de tonterías y cómete el desayuno, niña”-. Respondió su madre sin hacer demasiado caso a la situación.
Pero la tontería no se le pasó. A partir de entonces, Carla comenzó una aventura sin retorno donde cada nuevo día aprendía por mérito propio, de la nada, una nueva palabra francesa. Sin previo aviso, esta niña de doce años había dado un vuelco a su vida de 180 grados, feliz de poder expresarse en un nuevo idioma en el que se sentía realmente cómoda pero incapaz de hacerse entender con el mundo exterior. Nadie la comprendía, ni su familia, ni sus amigos. “Mamá, ¡ya está Carla hablando otra vez en francés! ¡Dile que lo deje que no la entiendo nada!” – Gritaba Rita, su hermana pequeña, cada mañana desde aquel primer día.
– “Bonjour Monsieur, je voudrais une coca-cola et des patates frites, s’il vous plaît”
– “Carla, deja ya al pobre camarero y pídele las cosas como es debido. Disculpe, señor, es que resulta que ahora mi hija habla francés” – Era la escena más repetida allí donde iba la familia en el último mes.
La cosa no mejoraba en el colegio.
– “Je ne comprends pas la leçon, professeur”.
– “¡Carla, que te he dicho que te dejes el francés en casa!”- Era la respuesta de sus profesores en cada clase.
Pero desde aquel día, Carla era incapaz de responder a una pregunta en un idioma que no fuera el francés, y acabó siendo expulsada de todas las clases durante el primer trimestre. Sus padres, desesperados, ya no sabían qué más hacer para que su hija volviera a comunicarse en su idioma original, aunque cada noche albergaban la esperanza de volver a escucharla hablar en castellano una vez más. Un sueño que a la mañana siguiente se esfumaba. “Bonjour maman, ça va bien?”.
Carla, aunque adoraba comunicarse en su nuevo idioma, se sentía cada día más y más incomprendida. Sin embargo, no cesó en su empeño comunicarse en francés. Finalmente, sus padres, tras un mes de dimes y diretes, psicólogos y orientadores, en vez de aprender francés para entender a su hija, decidieron, guiados por su propia intuición, pagarle con la misma moneda. Por ello, comenzaron a aprender y comunicarse con su hija en un nuevo idioma: el italiano. – “¿Carla, cosa vuoi per colazione?”.
Carla, a todas luces desorientada por la nueva situación, no comprendía qué mosca les habría picado a sus padres, a quien ahora entendía menos que antes. Sus padres, por el contrario, lejos de disgustarse, comenzaron a cogerle el gustillo a eso hablar una nueva lengua, llevando a la familia a una situación extrema en la que, de manera general, si alguien pasaba por delante de aquella casa, tendría la impresión de escuchar a una familia plurilingüe que se comunicaba en tres idiomas a la vez, pero si afinaba un poco más la oreja, esa misma persona se daría cuenta del nivel de incomunicación entre todos sus miembros.
Tanto es el gusto que los padres cogieron su nuevo idioma, que a veces, sin querer queriendo, se comunicaban en italiano fuera de casa al hacer la compra o en cualquier restaurante, para desconcierto del viandantes, amigos y compañeros. “Buongiorno, vogliamo prendere un caffè con il latte”.
La situación estalló una tarde en el colegio, cuando los padres de Carla acudieron a una tutoría con su profesora y ni cortos ni perezosos, empezaron a dialogar con ella en su recién estrenado italiano, ante los ojos atónitos de la maestra. Entonces, ahí sí, Carla estalló:
– “¡¿Queréis dejar de hablar en italiano?! ¡¿Pero no veis que no os entiende?!”
Las dos frases cayeron como un jarro de agua fría sobre sus padres y su profesora quienes, asombrados, no daban crédito a lo que de nuevo escuchaban: un castellano perfecto. Después de más de seis meses de francés, Carla volvía a resurgir en su propia lengua, aunque ni ella misma se había dado cuenta. Igual que vino, se fue. Ya nunca volvería a hablar francés.
Cualquier persona imaginaría que un acto semejante provocaría la cordura de sus padres, quienes cesarían en su intento de hablar italiano al momento. Sin embargo, los padres, al contrario que Carla, nunca más volvieron a retomar su idioma original. Sin duda, prefirieron quedarse en su propio universo con lengua propia.
Por su parte, Rita, la hermana pequeña de Carla, ajena a toda la situación multilingüe que se dio en aquella casa, decidió encerrarse un día cualquiera sin previo aviso en su habitación y no pronunciar palabra nunca más. Nadie volvió a notar su presencia. Y fue así, como aquella familia nunca volvió a entenderse.
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