Suena el teléfono en una tarde lluviosa de noviembre. Miro la pantalla y veo “Ana”. Es raro, pues apenas puedo recordar la última vez que nos llamamos por teléfono o nos mensajeamos, a no ser por causa de fuerza mayor como un cumpleaños. Me da una pereza inmensa, pero sé que lo acaba de dejar con su novio e igual quiere hablar de ello.
– ¿Qué pasa Ana? ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo lo llevas?
– ¡Hola Sandra! Bien, ahí voy, ¿Y tú?
– Bien, resfriada con el cambio de tiempo, pero ahí voy también. Oye, debería ser yo quien te llamara, no tú a mí después de lo que te ha pasado.
-Ya…bueno, no te preocupes. Ahora te cuento todo lo de Nacho, pero en realidad te llamaba por una coincidencia que me ha ocurrido hace poco, vas a alucinar….
Me descoloca bastante, pensando qué me habrá preparado para esta tarde de noviembre. Me temo lo peor.
-Sí claro, cuéntame, pero también quiero saber cómo estás y todo por lo que has pasado.
Ana comienza a contar entonces una retahíla de hechos aprendidos de memoria, dispuestos de tal forma que pareciera que ya los hubiera recitado cientos de veces como la carta de un menú. En su voz no hay tristeza, ni pena. No hay sentimiento. Me inquieta, pero dejo que continúe. Ha puesto fin a una relación de cinco años y se ha comprado una casa. Más que triste, parece aliviada. Algo que ya nos temíamos todas desde hacía bastante tiempo. Él quería formar una familia y vivir en París. Ella prefería ser sólo pareja de dos y quedarse en Madrid. Ninguno cedió y al final, se terminó la relación.
-Bueno, creo que los dos habéis tomado la mejor decisión. Ahora céntrate en la compra del piso y ya verás cómo se pasa rápido.
-Sí, ya llevaba tiempo buscando una casa para comprar y ahora que tengo que dejar el piso en el que he vivido con Nacho, creo que es el momento.
Se la nota confiada, un poco dubitativa. Me preparo para la bomba que me tiene preparada y le doy la señal de salida.
– Bueno, y… ¿Cuál es el cotilleo que me tenías preparado?.
-Pues verás. ¿Te acuerdas de aquel chico que nos contaste que conociste una vez en Malasaña y te había hecho gracia? ¿Aquel con el que resulta que ya habíamos coincidido en nuestra época universitaria?
-Sí, nos dimos los teléfonos y alguna vez hemos hablado, pero de momento se ha quedado ahí.
Coincidí con Andrés tres veces. Primero, en el Café Universal, aquel mítico que hace esquina con Bilbao. Yo leía a Chéjov y él meditaba con los versos de Benedetti. Sólo cruzamos un par de miradas y me atreví a despedirme con un “hasta luego” cuando apuré mi descafeinado con leche. La segunda vez nos cruzamos en el metro Tribunal una tarde de julio, cuando el sol ya se ponía y dejaba vía libre para pisar las calles. Yo no me di cuenta y él me saludó con un “¿Qué pasa, Chéjov?” Me reí y continué mi camino, esperando notar a mi espalda el rastro de su mirada. La tercera vez fue hace cosa de un mes. Tras un seminario intenso pero infernal sobre literatura clásica, cerrando ya los cuadernos de apuntes, alcé la vista y ahí estaba, riéndose y mirándome. No nos dio tiempo más que a comentar de pasada el seminario e intercambiarnos los teléfonos. Salió corriendo calle abajo.
Me gustó la primera vez que le vi. Al parecer, ya nos conocíamos de la época universitaria, aunque mis lagunas eran tan grandes como las suyas durante la carrera. No habíamos vuelto a vernos, pero cada día me levantaba pensando cuándo volveríamos a cruzarnos de nuevo por las calles de Malasaña. Así se lo transmití a mis amigas una tarde cualquiera de Vermut y terraza, la última tarde que había visto a Ana.
Era cierto que desde hacía un mes no había vuelto a hablar con él y, de hecho, no me contestó al último mensaje. Tampoco le había dado mayor importancia.
Volví a la conversación con mi amiga. No sé por qué, pero ya intuía cómo iba a terminar la historia.
-Pues tía, tras dejarlo con Nacho, el otro día salí a tomar algo con los del curro y resulta que me encontré a este chico. Andrés se llamaba, ¿no? A mí él nunca me ha gustado. De hecho, en la uni me gustaba su amigo Diego, no sé si te acuerdas.
-Sí, bueno, yo nunca llegué a hablar con ellos demasiado, vamos, que apenas les recuerdo. Cuando conocí a Andrés me sonaba su cara, pero nunca pensé que ya habíamos coincidido hasta que me lo dijisteis vosotras.
En este punto algo me dice que lo que viene a continuación no me va a gustar. Me apetece colgar y dejar la conversación.
-Pues nada tía, estuvimos hablando porque me resultó majete y ya nos conocíamos de la uni. Nos echamos unas risas, pero vamos, que yo ahora mismo no quiero nada con nadie. Total, que al despedirnos nos llevamos tan bien que le di mi número.
-….
Tierra trágame.
-Y nada tía, hemos estado hablando y el otro día pasó por debajo de mi casa y me propuso tomar una caña. Justo ese día estaba de bajón por Nacho, así que bajé a tomarme algo. Estuve muy a gusto, pero vamos, que no pasó NADA.
-….
-Bueno, a ver, me tocó la mano…una cosa llevó a la otra, y al final acabamos en su casa.
Lo sabía.
-Pero…¿A ti te gusta?
-Que va, que va, vamos, no lo sé. Te quería llamar para contártelo porque claro, tú me dijiste que habías hablado con él, pero cuando me lo contaste, la verdad es que no te presté demasiada atención en ese momento. Además, él me dijo que tenía pendiente llamarte para tomar algo.
-Ya bueno…la última vez que le escribí no me contestó.
Ahora ya sé por qué, pienso para mis adentros.
-Bueno, era por contártelo y ver qué pensabas.
Qué pienso. Me he quedado tan anonadada que mis palabras no salen de mi boca. De repente, ya no estamos en 2020 y hemos vuelto a 2010. Ana, pidiéndome el teléfono de mi amigo Dani, con quien yo tenía un flechazo, porque le hacía gracia. Viajamos más atrás y veo a Ana tonteando con Alfonso, 2008, decía que no le soportaba, pero al final siempre acababan juntos de fiesta, e incluso más allá, en 2002, Ana ligándose al primer chico que me gustaba con 14 años, Álvaro se llamaba. Siempre pidiendo permiso, siempre con chicos que me gustaban y que al final, nunca llegaron a ser nada. Ahora, con treinta años, volvía a suceder la misma historia. Menuda zorra. Qué pienso.
Podría haberle dicho de todo. Podría haberlo hecho, tendría que haberlo hecho. Pero sin embargo, inspiré profundo, contuve el aire unos segundos y respondí con un hilo de voz suave:
-Bueno Ana, son cosas que pasan, yo con ese chico casi no hablo ya. Haz lo que quieras.
Comprendí que mi amiga Ana se había quedado anclada en la máquina del tiempo, diez años atrás. Quizá nunca hubiera cumplido años. Quizá toda esta conversación y parte de su comportamiento fuera consecuencia de su ruptura. Sentí una pena profunda.
-Cuídate mucho, Ana.
Y así, sin más, colgué mientras buscaba el teléfono de su ex en mi agenda del móvil.
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