Infancias: «María»

2 diciembre, 2021 in Microrrelatos

Cada día, María miraba por la ventana. La habitación era su refugio y ella comandaba un barco vigilando que ningún pirata atacara a su tripulación. Al divisar a una persona, quien, a lo lejos, inocente y tranquilamente cruzaba paseando frente a su ventana, María se escondía, se ponía a cubierto y recargaba los cañones dispuesta a defender su trinchera. Podía pasarse horas y horas vigilando desde su ventana, hasta que alguna amiga venía a buscarla para salir a jugar a la calle. Entonces, abandonaba su refugio, dejando a cargo de su protección a los peluches y muñecas hasta su vuelta.

En las noches se sentía resguardada junto a sus compañeros de tripulación, un equipo formado por sus muñecos y peluches favoritos, soñando siempre con defenderles de los más fieros ataques piratas. Y cada mañana, se postraba en su ventana vigilando de nuevo aquel barco que surcaba el oleaje en alta mar. Un día, divisó a dos personas que alzaban la vista y la reconocían. Se estremeció y agazapó junto a sus peluches bajo la ventana, esperando que aquellos piratas pasaran rápido. Preparó la munición para la defensa y se preparó para el ataque. Dispuso a los muñecos en posición y ni corta ni perezosa, abrió la ventana y gritó con todas sus fuerzas: “Preparados, listos…¡fuego!” Comenzó entonces un fiero ataque de pelotas de goma hacia aquellos piratas, quienes, sin saber de dónde les venían los pelotazos, tuvieron que salir corriendo calle abajo, después de recibir en sus carnes unos cuantos moratones. Así, un día más, María se iba a la cama orgullosa de haber vencido una nueva batalla.

Aquellas tardes mágicas en alta mar fueron pasando y cada día, sin embargo, las amigas de María tocaban el timbre de su casa antes de tiempo, cada vez más pronto. Cada día, entonces, María dejaba la ventana un poco más sola, relegando la vigilancia marítima cada vez más tiempo a sus peluches y muñecos, quienes se postraban en la ventana esperando el ataque perfecto de su capitana de barco, mientras veían cómo María marchaba a jugar con sus amigas en el parque.

El verano dio paso al invierno que dio paso a la primavera y María ya tenía deberes, deportes y quehaceres que la impedían vigilar su ventana tanto como quisiera, aunque cuando llegaba el fin de semana, desde primera hora se levantaba firme y solemne dispuesta a vigilar y defender su fuerte en alta mar. Sin embargo, de vez en cuando, dejaba relegada la ventana a ratos para hablar por teléfono con su mejor amiga, con quien pasaba horas contando los últimos chismorreos de la escuela.

Una tarde, como otra cualquiera de la nueva primavera, un paseante pasó de largo por la ventana. María se encontraba postrada en su refugio, vigilante. Se fijó en que era un chico, joven, más o menos de su misma edad, moreno, con pecas en las mejillas. A María le hizo gracia, e incluso le pareció hasta guapo. Había algo en él que le llamó la atención desde el primer momento, pero no le dio miedo, ni la asustó. El chico, en un momento dado, levantó la mirada, y María sonrió y se puso roja. Absorta en sus pensamientos y en la mirada de aquel chico, María se olvidó de pronto y por completo, de la amenaza de aquel nuevo pirata. Desde entonces, María continuaría mirando por la ventana, pero, quizá, ya nunca más volvería a encontrar a ningún pirata.

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