A Nico le encantaba leer. Siempre leía arropado bajo la manta con su abuelo frente a la chimenea. Novelas de indios y vaqueros, de policías y asesinatos, de misterios por resolver. Cada tarde, uno de los dos asumía el rol de narrador fundiendo con su voz todo el espacio y transformando aquel salón con chimenea en los más diversos escenarios repletos de imaginación. Para Nico, cada tarde con su abuelo era única.
El tiempo pasó y el abuelo, como todos los abuelos, comenzaba a estar cada día más cansado, más débil, y de manera sutil, delicada y con respeto, le delegaba a Nico el rol de narrador cada tarde frente a la chimenea. Un papel que Nico representaba encantado, poniendo énfasis en cada frase, en cada línea, en cada acción que interpretaba con el más puro fervor, haciendo cobrar vida a aquellos indios y vaqueros que tanto emocionaban a su abuelo. Se subía a una silla y representaba el papel de su vida cada tarde en aquel salón, alternando las plumas con el sombrero de cowboy, matando y haciéndose el muerto en cada representación. Una representación que su abuelo disfrutaba viendo y escuchando replegado desde su sofá acolchado, siendo testigo de un espectáculo teatral único, cada tarde única frente a la chimenea.
Un día, su abuelo se durmió. Sus padres le dijeron a Nico que su abuelo se había ido al cielo, con las estrellas. Algo que Nico nunca creyó, más que nada porque había sido testigo con sus propios ojos de cómo el cuerpo de su abuelo acababa en una tumba, bajo tierra. Nico dejó de leer y de narrar. El salón quedó vacío, y el fuego no volvió a alumbrar historias al pie de la chimenea. Nico pensó que sin su abuelo, ya nunca más podría leer un libro, que el acto de la lectura había perdido del todo su sentido. Por eso había decidido regalarlos, quemarlos y hacerlos desaparecer para siempre. Dispuso todos los libros de su abuelo en cajas y los encerró en el desván, esperando el día del juicio final. Nico había perdido por completo su ilusión por la lectura.
Cosas de la vida, tiempo después, en el aniversario de la muerte de su abuelo, Nico decidió llevarle un libro como último regalo antes de deshacerse del resto de los libros. Justo en el momento en que tomó aquella decisión, un fuerte viento del norte llegó hasta el cementerio. Un viento que agitó el libro y lo lanzó más allá del muro de piedra, perdiéndose en el campo. Nico salió corriendo tras del libro y al cruzar el muro quedó paralizado. A lo lejos divisó un castaño. Un castaño ancho, viejo, con las ramas fuertes y firmes, como los brazos de su abuelo. Atraído por él, Nico salió corriendo, siguiendo el rastro del viento hacia aquel árbol. El castaño le recibió con ternura y respeto, al igual que lo hacía su abuelo. A los pies del castaño, encontró el libro. Y justo ahí, comprendió todo. Quizá su abuelo no estuviera en las estrellas, pero sin duda estaba presente en aquel árbol dándole fuerza desde la tierra. Entonces, desde aquel día y para siempre, Nico se sentó a los pies del castaño y continuó narrando y leyendo las historias de indios, vaqueros y misterios por resolver a todo aquel que quisiera escucharle, bajo la cálida sombra de su abuelo.