Echo de menos el ronroneo, saltar desde la azotea, caminar por una barandilla, la mirada felina, observar en la oscuridad. Ayer me convertí en un gato, bueno, no un gato cualquiera: mi gato. Aún no estoy seguro de cómo ocurrió ni de qué manera he vuelto a amanecer recobrando mi cuerpo, pero lo cierto, es que sucedió.
Cada noche al acostarme, Milo salta a la cama dispuesto a acompañarme en mi sueño, recostado sobre una esquina hecho una bola de pelo hasta el amanecer. Sin embargo, hacía días que andaba revuelto. En vez de convertirse en una dulce y amigable peluche y deleitarme con sus ronquidos y ronroneos, no paraba de saltar, arañar y lanzarme sus pequeñas garras dispuesto a poner a prueba mi paciencia y mis nervios. La primera noche pensé que igual habría sido algo que había comido, que habría dormido mucho y tan sólo quería jugar, pero a medida que iban pasando los días, Milo continuaba lanzándome sus garras en cuanto me disponía a dormir, dispuesto a comenzar una pelea en la que al final, ayer, acabé habitando su cuerpo felino.
No lo vi venir. Como cada noche, me adentré en la habitación con sigilo esperando su llamada, el maullido que anunciara que la batalla iba a comenzar. Todo estaba oscuro y fui, prudente pero directo, a esconderme bajo las sábanas. Error. Milo me estaba esperando como un cazador esperando a su presa. En cuanto metí un pie en la cama se lanzó como una bestia propinándome un buen zarpazo en la cara.
“¡Milo! No me gustaría estar ahora mismo en tu lugar…¡Maldita sea!¡Te vas a enterar!” – Exclamé.
Furioso, salté de la cama directo al baño para curarme la herida mientras veía como mi gato desaparecía por la puerta de la cocina. Me limpié la ensangrentada herida con agua y jabón y salí en busca y captura de Milo, mientras sentía una profunda cicatriz que marcaba mi frente.
Lo busqué por todos los rincones de la casa pero parecía como si un fantasma lo hubiera raptado, no había rastro de mi gato por mi ninguna parte. Busqué entre los armarios de la cocina, detrás del sofá, debajo de la cama…mi gato, a todas luces, se había esfumado. Sentía una profunda rabia y tristeza. En un momento dado el cansancio se apoderó de mí y caí rendido en el sofá, no me dio tiempo ni a llegar a la cama. ¿Qué pasó después? Eso es algo que nunca lograré explicar.
La luz del sol me despertó. Parecía como si el día tuviera un color distinto. Estaba hecho una auténtica bola de pelo y me dolían todas las articulaciones. La brisa de la mañana entró por la ventana, parecía que hacía frío pero apenas lo sentía. “¡Qué extraño!”, pensé. Me desperecé cómo pude y al ir a levantarme noté cómo en vez de brazos, tenía patas. Unas patas peludas y grises, pero suaves. Sentí cómo algo se movía detrás mío, algo que no era otra cosa que una cola. ¡Una cola! Intenté gritar pero en vez de eso un maullido salió de mi voz. ¡Miauuuuu!
No podía creerlo, ¿seguiría soñando? Me levanté como pude poniendo las cuatro patas en posición e intenté dar un paso. A los dos pasos probé con un saltito, me salió redondo. Ahora sólo tenía que saltar del sofá para conseguir llegar al espejo del salón y comprobar en qué me había convertido. Tenía una increíble habilidad para moverme. Podía ponerme a dos patas y estirar todo mi cuerpo. Comprobé cómo tenía tenía unas uñas bien afiladas. No solo salté del sofá, sino que de paso, subí a la estantería y hasta me asomé por una ventana. Era increíble cómo se veía todo con ojos de gato. Notaba cómo todos los sentidos se me se me habían agudizado por completo y oía más que nunca el canturreo de los pájaros y lejanas conversaciones. También tenía un agudizado sentido del olfato, ¡cómo nunca! A mi nariz llegaban los más diversos aromas, desde las tostadas con jamón y tomate del vecino de enfrente hasta el humo de los coches que pasaban por debajo de casa.
Me bajé de la ventana y caminé por el salón hasta encontrar el espejo. Me acerqué lentamente, con una mezcla de miedo y curiosidad por encontrar en quién, o qué, me había convertido. Frente al espejo estaba Milo, aquella bola de pelo de ojos amarillos quien me miraba desde el otro lado del cristal. Levanté una pata y el reflejo me correspondió, salté y él saltó. ¡Miau! Todo lo que podría decir quedaba sintetizado en esa sola palabra, un maullido sordo que escondía un cúmulo de sentimientos encontrados. Me había quedado atrapado en el cuerpo de mi gato, ¡mi gato!. Me acerqué y comprobé que aunque mi cuerpo se había transformado, la cicatriz del arañazo continuaba grabada en mi frente. No había duda: aquel gato, era yo.
Me entró el pánico, pensando en dónde habría quedado mi cuerpo de humano, pero justo en aquel punto, mis tripas rugieron reclamando comida. Quizá fuera el instinto, quizá la necesidad, en aquel momento lo único que pensaba era en comer. Me acerqué al cuenco de la cocina pero estaba vacío, claro, ¡no había humano que lo llenase! La única opción que me quedaba era lanzarme a la calle, sin temor alguno ante el mundo exterior que allí me aguardaba.
Salté de nuevo a la ventana asomando mi peludo cuerpo. Era increíble la confianza que tenía de repente en mi mismo, en mis cuatro patas y en mi capacidad de acción. “Instinto felino”, pensé. Salté de la ventana a la terraza del vecino. Por suerte, tenía la ventana abierta y no dudé ni un segundo, me adentré sin hacer ruido hasta la cocina. De camino pude atisbar que mi vecino se encontraba en la habitación. Un hombro gordo, solitario y con la nevera repleta de comida. Al llegar a la cocina me llegó el olor de unos restos de sandwich que descansaban sobre la encimera. Me abalancé sobre aquel sandwich crujiente justo en el momento en que noté cómo mi cuerpo se elevaba mientras sentía un fuerte tirón de orejas. El vecino me había pillado con las manos en la masa y ahora me llevaba cogido por el pescuezo hacia la calle. ¡Miau! Era lo único que podía decir. El vecino gordo me agarraba con sus grandes manos inmovilizándome la cabeza, incapaz de articular palabra, ni siquiera un maullido. Mi cuerpo flotaba por el aire rumbo a la ventana. A medida que nos acercábamos mi corazón latía más rápido, cada vez más fuerte, incapaz de pensar que saldría de aquel piso volando. “No será capaz de lanzarme al vacío…”
Así fue. Salí despedido desde un tercero hasta pisar el duro suelo de la acera. El corazón giró sobre sí mismo 360 grados a la vez que mi cabeza y todo mi cuerpo, toda mi vida pasó como un soplo de aire delante de mis ojos pensando que todo terminaría en aquel instante. Una caída que se me hizo eterna y a la vez fugaz. En un abrir y cerrar de ojos estaba plantado sobre mis cuatro patas, aquel instinto felino me había salvado de una muerte que veía asegurada. Ya en la calle, de repente el tiempo se aceleró y lo único que veía era gente cruzándose por mi camino a cámara rápida, humo, ruido, mucho ruido y coches, muchos coches. Me asusté de nuevo, el corazón de nuevo se me salía por la boca, tanto que salí corriendo para esconderme en el primer rincón que encontrara, donde pudiera desaparecer. Vagué debajo de los coches hasta que encontré un lugar calentito donde sentirme a salvo del ruido. Pero en vez de calma, sentí el mayor de los estruendos retumbando en mis oídos y en todo mi cuerpo peludo. Aquel coche acababa de arrancar y ahora debía escapar de nuevo si no quería terminar mi corta vida como gato atropellado en la inmensidad de la ciudad.
Salté esquivando coches, motos, gente y más gente que se cruzaba en mi camino. ¡Miau! A lo lejos vi una manada de gatos reunidos en un parque. Parecía como si estuvieran dándose un festín con algún animal muerto. Uno de ellos se dio la vuelta y me miró directamente a los ojos. ¡Miau! Fue lo único que pude decir. Aquel gato parecía leerme la mente, como si de pronto, con aquel leve maullido, se hubiera dado cuenta de mi disfraz. Me lanzó entonces un gran bufido que retumbó por todo el parque, enseñándome a su vez los afilados colmillos y enseñando sus garras. Sentí como todo mi cuerpo se erizaba, de la cabeza a la cola, haciéndome saltar sobre mis patas traseras. No tuve más remedio que huir de nuevo hacia lo que pensaba, iba a ser mi final incierto.
¡Miau! Vagué por las calles sin saber muy bien adónde iba ni dónde estaba. Mis tripas gruñían reclamando comida, mi cabeza iba a estallar tras pasar un día entero sin beber agua. Me acordé de Milo, de lo mucho que lo había hecho sufrir, de sus ronroneos en el sofá. Y desee volver a casa, al sofá y a la cama, al techo caliente. Acabé tumbado en el portal de una calle cualquiera, sin fuerzas para continuar caminando, abandonado a mi destino de gato.
Ya de noche, noté cómo una mano me acariciaba la cabeza.
-”¿Y tú? ¿De dónde has salido?”
Una chica, más o menos de mi edad, me miraba con unos grandes ojos azules con cara de pena. Me sonrió al ver que abría los ojos y la respondía con un ronroneo.
-¡Miau!
Me levanté acercando mi pequeño cuerpo peludo en señal de agradecimiento y esperando tener suerte, al menos, por una vez en el día.
-”Venga anda, que estarás hambriento”.
Me llevó en brazos a la casa, me sentía desfallecido pero a la vez aliviado de haber sido salvado de aquel enjambre, aquel laberinto de calles inhóspitas que solamente conducían a una muerte segura, en la selva de la gran ciudad.
Acabé ronroneando plácidamente en el sofá de aquella mujer y adentrándome sin querer en un sueño profundo. Amanecí esta mañana en aquel sofá, dentro de la casa de una extraña, convertido, de nuevo, no sé muy bien cómo ni por qué, en un ser humano. Al grito de terror, miedo y auxilio de la chica que anoche me salvó la vida, salí corriendo en paños menores de aquel piso escaleras abajo. Al salir a la calle me quedé de piedra, allí estaba, esperándome en el portal, mi pequeño gato Milo, con una sonrisa pícara y un maullido recurrente. ¡Miau!