Estoy en una sala redonda. Llevo el pelo corto a media melena y visto una camisa larga y amarilla y una falda larga y azul, mi color favorito. Alrededor del cuello me he puesto un pañuelo, una especie de poncho largo, por si refrescara a lo largo del día o hiciera cierto frío. Siempre he sido muy precavida. Me reconozco simple, austera, pareciera como si fuera una campesina. Parece que estuviera en otra época, pero la verdad es que me siento realmente cómoda, a gusto conmigo misma. Estoy en medio de un círculo amplio, sin paredes ni ventanas, como una especie de descampado al aire libre. Solo que a mi alrededor no hay nada. Sólo estoy yo y el círculo de madera.
A lo lejos reconozco una figura y la observo acercarse. Primero es chiquitita, pero a medida que se acerca va cobrando forma y volumen. Se trata de un caballero apuesto, siento honestidad en su mirada, parece atlético. Porta un casco y viste una armadura de hierro. Pareciera sacado también de otra época, quizá del propio imperio romano. Le miro a los ojos y reconozco en él a mi familia. Esos mismos ojos son los que me han cuidado desde que era pequeña. Me mira con cariño y ternura.
Giro la cabeza y encuentro otra figura a mi lado. Se trata de una niña grande. Lleva también el pelo corto y viste una cazadora rosa y pantalones naranjas. Tiene unos grandes ojos con unas pestañas aún más grandes. Pero en su mirada no hay alegría, sino recelo. Pareciera como si me mirara desafiante, recriminándome mi manera de ser. Me pone nerviosa y me hace sentir débil. Reconozco en su mirada a mi propio ser, es mi niña interior. Y está enfadada, muy enfadada.
Ambas figuras se sitúan enfrente y me miran a los ojos. Mientras una me mira con amor, la otra me mira con recelo, desafiante. Me pide rendir cuentas de la vida y me hace preguntarme en qué me he convertido. Me doy cuenta de que entre ellas no se miran y sólo tienen ojos para mí. De repente, aquellas miradas me hacen sentir pequeña. Siento como si mi cuerpo disminuyera de tamaño y ahora tan sólo fuera una hormiga débil e indefensa frente a dos grandes elefantes. Contemplo a la niña gigante y siento que no quiero verla, prefiero ignorar su mirada.
Me doy la vuelta y coloco a ambas figuras detrás de mí en el círculo de madera. Prefiero no mirarlas a la cara, pero, aun así, continúo notando su presencia en mi espalda. ¿Se habrán mirado ahora entre ellas? Echo un vistazo hacia atrás tan sólo un instante y compruebo cómo continúan con la vista fija en mí, sabiéndose la una al lado de la otra, cómplices de su acuerdo silencioso. Me siento un poco más grande pero aún soy pequeña a su lado.
El caballero, esa figura que representa a mi familia, en realidad no me preocupa. Me da la confianza para avanzar dos pasos y situarme al lado de la niña. La miro de nuevo a los ojos. Mi mirada está cargada de amor, de respeto, de honestidad hacia mi propio ser. Ahora la niña está entre yo misma y mi familia, pero aún tiene una presencia muy grande. Sigue siendo más alta que yo y prácticamente no me deja ver al caballero romano, quien continúa mirándome con ternura desde su armadura de hierro. Pareciera como si cualquier acto que haga o deje de hacer, vaya a parecerle siempre bien. Me sorprende, pues siempre me he sentido cuestionada por ellos, pero quien me cuestiona en realidad, es esa niña.
Decido enfrentarla y me cambio de nuevo de lado en el círculo de madera. Me sitúo al lado de mi familia, quien queda en medio de las tres figuras: la campesina, el caballero y la niña. Una niña que sigue igual de grande desde que la vi por primera vez. Me doy cuenta de que, bajo esta estampa, parece que ahora soy yo la niña pequeña. Las dos grandes figuras que me acompañan continúan igual de grandes y ya no sé qué más hacer para reducirlas de tamaño o hacerme yo más grande. Me vuelvo a sentir débil e indefensa.
Me resigno. ¿Qué podría aportar a esta niña para ganarme de nuevo su confianza? La miro a los ojos y siento cómo atraviesa mi alma con su mirada, sintiéndose protagonista en el círculo de madera, en nuestra propia historia.
Retrocedo dos pasos y me coloco de nuevo frente a las dos figuras. Miro de nuevo a la niña a los ojos, siempre con ternura y le digo que ya está bien. Agarro su mano y la ayudo a sentarse en el suelo de madera para que descanse. Al fin y al cabo, es una niña. La dejo jugando y observo cómo entonces esa gran niña comienza a disminuir de tamaño a una velocidad atroz. Pareciera que estuviéramos en el país de Alicia y hubiera elegido el elixir para transformarse de elefante a hormiga en cuestión de segundos.
La miro desde arriba. ¿He sido yo quien ha crecido o ha sido ella quien ha disminuido? Lo mismo me da. A medida que la niña se va haciendo cada vez más pequeña, siento cómo mi confianza vuelve a crecer de nuevo en mi interior, retomando la seguridad que siempre había tenido. La miro de nuevo como la niña que es y le repito que todo está bien dejándola jugar, tranquila, en el suelo.
Levanto la vista y veo de nuevo a mi familia. Ya no los siento grandes a mi lado, sino prácticamente ahora somos como dos figuras del mismo tamaño, junto a mí en el círculo de madera.
De pronto, una nueva presencia aparece en escena y tira de mi brazo derecho. Es pequeña, rubia y viste una camiseta verde con flores y unos pantalones azules. Denota pura alegría, motivación e inquietud. También tiene forma de niña, pero reconozco en ella mis proyectos.
Pareciéramos ahora una pequeña gran familia. La campesina en la que me he convertido está en el centro de la escena. A mi lado, la pequeña niña me mira desde el suelo, junto al caballero que representa a mi familia, armado con un casco para luchar contra viento y marea, y de la mano, agarro un conjunto de proyectos que comienzan a tomar forma en el círculo de madera.
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