Sencillas soluciones a grandes problemas

8 mayo, 2020 in Microrrelatos

No paraba de maullar. Todas las noches lo mismo. Un aullido incesante de agudos y luego graves pidiendo caricias, mimos o comida. No tuve más remedio. Era ella o yo misma. Mi cabeza a punto de estallar cada noche a las dos de la madrugada. Hasta hoy. Ya no volverá a maullar nunca más. No he pestañeado al tirarla por la ventana a primera hora de la mañana. Un camión que pasaba por delante de casa ha terminado de hacer el trabajo sucio. 

 

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Una lata de coca-cola, un bocata de tortilla y la televisión a todo volumen. Todas las noches lo mismo. La ruleta de la fortuna, Quién quiere ser millonario, FAMA. Me he dado cuenta de que soy muy buena asesina y, si son vecinos, mejor. Toqué el timbre de su puerta antes de la cena según volvía de pasear, a tiempo para librarle de un nuevo recital de telebasura. Le clavé la punta del paraguas nada más abrirme. Ni siquiera le dio tiempo a darme las gracias. 

 

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Discusiones y juicios de valor que no llevan a ninguna parte. Críticas por doquier que sólo levantan dolor de cabeza. Esta noche en la cena voy a acabar con mis cuñados. No por ellos, sino por el bien común de la humanidad. 

 

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El pájaro se merecía morir. Le había robado el gusano a un pequeño gorrión recién nacido. No sé quién se ha creído para sentirse con el derecho de elegir su propia comida. Le arranqué el gusano del pico y le torcí el cuello. Fin de la historia. 

 

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Harta de sus buenas palabras y de su cortesía permanente, decidí asesinarle. No hay nadie que me supere en ser agradecido y por eso le empujé escaleras abajo aquella nueva mañana en la que me dio los buenos días. 

 

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¿Qué hay de malo en ser cruel? Al final, es un sentimiento más de todo ser humano. La crueldad nos hace más fuertes, orgullosos y seguros de nosotros mismos. Deberíamos de practicar la crueldad como forma de vida. Esta mañana yo la he practicado con mi hermana. Le he quitado la silla al ir a sentarse y al caer al suelo le he propinado una patada en las costillas. Así, sin más, por puro placer. 

 

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Aquel día dejó la ventana abierta y me dio la oportunidad de matarla. Nunca me han gustado las madres y si son madastras, peor. Me adoptaron a los diez años y ahora que he cumplido la mayoría de edad por fin he podido llevar a cabo mi plan. “¿Por qué entras por la ventana?” Fueron sus últimas palabras antes de asestarle con la sartén en la cabeza. Estaba harto de aquellas preguntas.

 

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Quien no quiera acabar con su casero es que nunca ha vivido en un piso de alquiler. Anoche lo asesiné cuando vino a cobrarme el mes. Estábamos cenando y se me ocurrió, así de repente. Llevaba una semana de retraso y no había mejor forma para librarme de pagar. Añadí matarratas en su comida. A los cinco segundos del primer bocado, ya estaba muerto. 

 

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Hoy he matado a mi mejor amigo. Me gustaría decir que ha sido de manera inocente, pero lo cierto es que llevaba planeándolo desde principio de curso. Ha sido un asesinato limpio, perfecto, tal y como lo había imaginado. Al salir de clase nos hemos ido al descampado donde solemos jugar al fútbol, salvo que esta vez no hemos jugado. Le he clavado mi navaja de scout por la espalda mientras recogía la pelota. Aún le ha dado tiempo de verme sonreír antes de cerrar los ojos para siempre, algo que recordaré toda mi vida.

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