Camino de Vuelta

28 mayo, 2020 in Cuentos

Cada mañana se preguntaba qué estaba haciendo con su vida, por qué seguía viviendo en aquel apartamento de dos habitaciones en pleno centro de Madrid donde la contaminación apagaba poco a poco sus pulmones. “Mañana me largo”, se decía ante sí delante del espejo todos los días al levantarse. Pero luego nunca lo hacía. 

 

El paso de los años lo había convertido en un viejo cascarrabias. Salía a pasear a las diez de la mañana, cada día la misma rutina. Se calzaba sus botas de montaña, su camisa de cuadros y tiraba hacia la naturaleza más cercana: el Parque del Buen Retiro. Allí caminaba cerca del lago, atravesando el Palacio de Cristal y la Rosaleda hasta perderse por uno de sus infinitos caminos. Una vez solo en mitad de aquel inmenso parque, sacaba su libreta y comenzaba a escribir, y a recordar. Describía el sonido de los árboles, el contoneo del viento, la canción de los pájaros y el gruñido de los insectos. Allí se sentía a salvo. Podía tirarse horas enteras contemplando aquel paisaje mientras recordaba con añoranza su vida de chico en la montaña. 

 

¿Por qué no se había ido? No se atrevía y en el fondo, se sentía un cobarde. Había nacido en un pequeño pueblo del pirineo aragonés en el que ahora no debían de quedar más de diez habitantes. Sus padres,  ganaderos, lo habían criado al pie de la montaña con lo poco que tenían. Ya desde bien chico adoraba la montaña. Era su aliento, su alegría, su compañera incansable, la única con la se sentía a gusto y seguro de sí mismo, con la que respiraba cada soplo de aire como un mundo nuevo. A los catorce años tuvo que marcharse a estudiar la Secundaria en la ciudad, como aquel que dice, con una mano delante y otra detrás. Su vida cambió de pronto de un día para otro y tuvo que madurar deprisa para que la vida no le comiera los talones. 

 

Ahora tenía ochenta años y una mochila de recuerdos a sus espaldas a los que se acogía sentado en aquel banco del parque en mitad de la ciudad. Era lo único que le quedaba, sus recuerdos. Tuvo que abandonar la escuela por falta de dinero y comenzó a trabajar bien pronto en una imprenta. Los ahorros no daban para mucho más. Siempre que podía se escapaba junto a su montaña, aunque su relación, como todas las relaciones a distancia, acabó muriendo convirtiéndose en un simple recuerdo más. 

 

Los sonidos de los pájaros y las voces de los paseantes entre la naturaleza lo despertaban de cuando en cuando de su letargo en medio del parque, pero pronto se volvía a sumir en el eco del pasado simplemente cerrando los ojos. De golpe y porrazo, al cumplir los 18 años tuvo que trasladarse a Madrid a cursar el servicio militar y desde entonces, no había vuelto. Se casó con Mariela, quien murió de una gripe aguda dejando a su cargo un niño de cinco años, quien se marchó al cumplir la mayoría de edad. Ni a su mujer ni a su hijo les habló nunca les de sus padres, ni de su montaña.  

 

«Tal vez el secreto básico estuviese contenido en el hecho de no tomar nunca para no tener que dejar nada.» La sombra del ciprés era su compañera de vida y Miguel Hernández su fiel consejero, aquel que leía cada tarde al caer el sol. Era consciente que a través del tiempo había ido despidiéndose de todo aquello por lo que merecía la pena vivir: sus padres, su esposa, su hijo, su montaña. Ahora sólo le quedaba un piso vacío de dos habitaciones y un miedo inmenso a volver al lugar que le vio nacer. 

 

Cada día recorría su vida sentado en el banco de aquel parque como si de una novela se tratase. Todos los días la misma rutina. Hasta aquella tarde. Un soplo de aire fresco lo acompañó besándole los grises cabellos y meciendo sus arrugas diciéndole que sí, que ya era hora de volver a casa, con sus padres y su montaña. Dejó la libreta a modo de regalo reposando junto al banco de piedra para futuros visitantes y se encaminó a la salida. “Hasta pronto”. Y esta vez, sí, por fin, había comenzado el camino de vuelta a casa. 

3 comentarios
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