La estrella

5 noviembre, 2020 in Cuentos

Cada verano ansiaba la mañana en que guardábamos las cosas en el maletero y poníamos rumbo a la playa. Allí, ella me esperaba: mi compañera, mi confidente, mi mejor amiga, Andrea. Juntos pasábamos los meses de julio y agosto viviendo las vacaciones, creando nuestro propio mundo, corriendo hacia al mar.  Andrea era más rápida que yo, pese al problema que tenía en los huesos. Cada mañana y al atardecer, dábamos la bienvenida al día y nos despedíamos del sol poniendo a remojo nuestros pies, bañándonos en el agua salada y sonriendo a la vida. Eran días inolvidables. Hasta aquella tarde en que vimos la estrella. La estrella lo cambió todo, cambió nuestras vacaciones, nuestro mundo, y nos cambió a nosotros.

 

No sé si era una tarde de domingo, de viernes o de martes. En vacaciones, ¡qué importa la hora! Perdíamos la noción del tiempo haciendo castillos de arena, jugando a las palas y criticando a los turistas que llegaban con sus sombreros de colores, sus gafas de sol, pareos y sombrillas gigantes. Tampoco sabría decir qué hora era, puede que fueran las siete de la tarde, puede que ya empezara a caer un poco el sol. Ambos estábamos jugando a un juego de cartas, la escoba. Andrea iba ganando. “¡Sota y siete, quince! ¡Escoba!”. Una brisa suave recorría nuestro cuerpo, quitándonos el calor de encima, estoy casi seguro de que ya nos encontrábamos en agosto. Un avión pasó rozando una nube, Andrea miró al cielo y me preguntó, ¿no ves algo extraño? Alcé la vista y ambos los vimos. De un punto luminoso apenas perceptible al lado del avión, apareció de pronto una bola de fuego que cruzó el cielo entrando en la atmósfera y dejando un rastro estrellado. Juro que aún era de día. 

 

La bola de fuego avanzaba rápidamente por el azul claro, encima de las nubes, a una velocidad tal que sólo unos pocos fuimos conscientes de lo que estaba sucediendo. No dábamos crédito, ¿nadie más se había dado cuenta? Nuestros ojos seguían aquella bola de fuego en movimiento que parecía fuera a estrellarse en algún punto de la tierra. Dejamos las cartas y salimos corriendo. La estrella se dirigía hacia la montaña a ras de la playa y nosotros tras ella. Algún que otro turista miraba al cielo y quedaba anonadado ante tal acontecimiento, pero pronto se sumergía de nuevo en su revista del cotilleo. 

 

Como una estrella fugaz, la bola de fuego se perdió de pronto en algún punto de la montaña. Corrimos todo lo rápido que nuestros pies en la arena podían y comenzamos a buscar, sin saber muy bien qué buscábamos entre los arbustos de la montaña. “David, igual esto no sea tan buena idea”. Andrea estaba asustada, yo también, pero ambos sabíamos que no podíamos cerrar las puertas a nuestra curiosidad y dejar escapar quizá, algo maravilloso o igual de terrorífico a partes iguales. De pronto, lo vimos: una especie de ser nada parecido a nosotros, ni a ningún animal que hubiéramos visto. Nos quedamos petrificados. En dos segundos, aquel ser surgido de la montaña, que sin duda vendría de la estrella (o eso supusimos), se desdobló tras mirarnos convirtiéndose en dos seres iguales que poco a poco iban tomando forma. Miré Andrea, ella me miró a mi. ¿Qué hacíamos? ¿Qué debíamos hacer? Sentíamos una inmensas ganas de salir corriendo y perdernos de nuevo en la playa, hacer como si no hubiéramos visto nada, como si nada hubiera ocurrido. Pero ahora era ya imposible. En apenas un parpadeo aquellas criaturas obtuvieron forma humana y curiosamente, la misma apariencia que nosotros. ¿Estaríamos sufriendo algún tipo de alucinación? 

 

Los seres se aproximaron hacia nosotros, ahora ya convertidos en dobles de nuestros propios cuerpos. Sonrieron y nos saludaron. Nos contaron que provenían de otro planeta (como en las mejores películas) y que venían a explorar nuestro mundo. Su poder residía en convertirse en aquel ser vivo con el que primero tuvieran contacto visual, y por suerte o por desgracia, habíamos sido los elegidos. ¿De dónde salía la estrella? “Es nuestro medio de transporte”. Nos dieron la mano y los cuatro sonreímos. El miedo que nos había amenazado al principio poco a poco comenzó a desaparecer y un gran sentimiento de confianza y calor inundó nuestro cuerpo. Sin duda, seguramente habíamos sido captados por aquellos seres, pero ya no nos importaba. 

 

Igual que vinieron vimos como aquellos dos extraterrestres, ahora convertidos en personas iguales a nosotros, comenzaban a descender la montaña hacia la playa, asumiendo nuestros roles en la vida, no sabíamos por cuánto tiempo. Andrea me miró, yo la miré. Ambos sabíamos que nuestra vida ya no sería igual a partir de ese momento, y que algo nuevo comenzaba para nosotros. Caminamos hacia el lugar exacto donde encontramos a aquellos seres y allí la vimos, la estrella. Juntos nos dimos la mano y juntos la tocamos, sabiendo que aquello sería el comienzo de una vuelta sin fin hacia una nueva historia. 

 

Ahora recuerdo todo ello escribiendo esta carta. No sé cuándo la recibiréis, no sé si la recibiréis algún día. ¿Os daríais cuenta aquella tarde de que ya no éramos nosotros quienes volvían de la montaña? ¿Os daríais cuenta en algún momento? Andrea y yo estamos bien, compartimos el tiempo corriendo al mar, jugando a las cartas y haciendo castillos de arena. Vivimos en un mundo en vertical, nos hemos acostumbrado al cambio de plano. No sabemos cuánto tiempo ha pasado, nuestro cuerpo no se ha desarrollado, pero hemos crecido como personas por dentro. No tenemos espejos. No podemos calcular los años, los días y los meses, en este nuevo planeta no existe el tiempo ni las prisas. Hay otros como nosotros, seres enjaulados en algún planeta de la galaxia intercambiados por extraterrestres. Ahora nosotros somos los extraterrestres y sólo tenemos una misión: fugarnos con la estrella y encontrar un nuevo planeta para seguir explorando.