“El c-c-cambio climát-tico es un p-p-problema q-que, n-nos afecta a t-todos p-por igual”. Andrea levantó la vista del papel un segundo por encima de sus gafas de culo de botella y observó a sus compañeros. Los murmullos se entremezclaban entre los pupitres de la clase de 2ºBachillerato del colegio Lourdes de Madrid. Una chispa de fuego prendió en su interior recorriendo su cuerpo de pies a cabeza. Las piernas comenzaron a temblarle, seguidos de los brazos, las manos, hasta los dedos. Toda ella temblaba como un flan, la hoja de papel le resbalaba entre los dedos. “S-s-si q-queremos ac-c-cabar con este p-p-problema, d-d-debemos hacer-r-lo unidos”. Una carcajada salió disparada por el aire dejando tras de sí un rastro de risas entrecortadas que provocaron el estallido de la oradora, fue la gota que colmó el vaso. Tocada y hundida, Andrea tiró los papeles al suelo y salió corriendo dando un portazo.
Siempre lo había tenido, desde que nació. Un tartamudeo recurrente que le impedía hablar con propiedad. Hija única nacida en el seno de una familia acomodada, sus padres siempre apostaron por ella. “No hay problema que no se pueda resolver con constancia, esfuerzo y motivación”. Andrea repetía en su mente el mantra de su madre cada mañana frente al espejo del baño. Especialistas en trastornos del habla y del lenguaje habían acudido a su casa desde que tenía conciencia, pero ninguno había logrado de su boca más de dos frases seguidas. Ahora Andrea iba a comenzar la universidad y no le quedaba más remedio que aceptar su trastorno del habla como un handicap que la acompañaría durante el resto de su vida, parecido a un dolor de cabeza recurrente que de cuando en cuando le produciría alguna que otra migraña que la haría explotar, como aquel día en clase de lengua.
Salió disparada escaleras abajo y corrió a refugiarse en el baño de chicas.
– “¿Andrea? Andrea, sé que estás aquí. Venga tía, que Matías es un gilipollas, y el resto de la clase también, ya lo sabes.” Clara, su mejor amiga, había salido detrás suya al producirse el incidente.
-“Q-q-que os den a todos. Y-ya n-no voy a v-volver a hablar m-más”.
-”Venga, hombre, que tampoco ha sido para tanto. Se te entendía casi todo y seguro que el resto estaba genial. Con el talento que tú tienes”.
-”S-s-si… P-p-pero d-de qué m-me s-sirve el t-talento s-s-si luego n-no p-p-puedo hablar”.
Un profundo silencio irrumpió entre las dos amigas. Alguien abrió la puerta del baño, se lavó las manos y salió sin decir palabra.
-”Si quieres, podemos practicar el discurso juntas. Venga anda, vamos a comer”.
Siempre ocurría lo mismo, desde que Andrea entró en 1º de Primaria. Al tener que leer en voz alta, una chispa de fuego surgía en su interior haciéndola temblar de pies a cabeza e incidiendo en su tartamudeo. Entonces, algún compañero acababa soltando una carcajada, una risa floja, un comentario que apagaba la llama y la convertía en cenizas. A los 14 años comenzó a practicar el arte de la oratoria dentro de la asignatura de lengua y literatura. Cada vez que se situaba frente al papel en blanco, notaba cómo se prendía la chispa en su interior y cómo con el paso de los años, la llama era cada vez más intensa. Desde entonces, Andrea no había desistido en su intento de lograr pronunciar un discurso completo frente a sus compañeros, aunque el fuego que la avivaba poco a poco se iba consumiendo ante la frustración continua de no lograr pasar del primer párrafo introductorio.
Sin mucho convencimiento, Andrea salió del baño y se arrojó a los brazos de Clara apagando el incendio interior y consumiéndose, una vez más, en cenizas. Juntas caminaron hacia la salida del colegio, Andrea con lágrimas en los ojos, Clara rodeando a su amiga con el brazo.
Sentada en su despacho, frente al ordenador, aún hoy recuerda aquella fatídica tarde de otoño cada vez que le toca comenzar a repasar un nuevo discurso, veinte años después.
-“Andrea, en diez minutos te esperan en la cámara de representantes”.
-“G-g-gracias, ahora voy para allá”.
Luces, cámara, acción. Andrea sube al estrado y los focos iluminan su rostro. Está radiante, confiada, aunque aún por dentro puede sentir la llama que la recorre de pies a cabeza, que hace que sus manos y todo su cuerpo tiemble, hasta sus dedos, haciendo temblar la hoja de papel. Respira profundo y repasa mentalmente todo aquello que quiere decir. Mira al frente, prende la chispa. “El c-cambio c-climático c-continúa av-vanzando, y no p-podemos q-quedarnos c-callados”. Se encuentra ante un auditorio repleto de personas. Los representantes de los diferentes países la observan, asienten y callan. Todo el mundo queda obnubilado ante un halo de luz intensa.
Al salir del colegio, aquella tarde de otoño, Andrea se paró en seco. De pronto, recordó todas las veces que había destrozado su discurso haciéndolo cenizas, que se había quedado a medias, que había salido corriendo. Estaba harta, y no podía soportarlo más. Una intensa llamarada volvió a prenderse y resurgir de nuevo en su interior, pero esta vez era distinto. Sin apenas pensar, salió corriendo una vez más volviendo en sus pasos y dirigiéndose hacia el interior de la clase. Al entrar, todos los compañeros se volvieron para mirarla.
-”Qué pasa Andrea, ¿nos vas a dar otro dis-dis-discursito de los tuyos?”
Andrea los observó a todos. Sabía que lo que iba a hacer le pasaría factura, estaba temblando como un flan, pero la llama de rabia que ahora la impulsaba era más grande que nunca, mucho más grande que los nervios y el miedo hacia sus compañeros. Caminó despacio hacia la tarima y recogió los papeles que formaban parte de su discurso, sintiendo las miradas clavadas en su nuca. Las palabras bailaban en su cabeza. Cerró los ojos y respiró profundo.
-“El c-c-cambio climát-tico es un p-p-problema q-que, n-nos afecta a t-todos p-por igual. S-s-si q-queremos ac-c-cabar con este p-p-problema, d-d-debemos hacer-r-lo unidos. N-no v-valen m-más excusas. L-los jóv-venes t-tenemos en n-nuestras m-manos el f-futuro d-del p-planeta”.
Frase a frase Andrea comenzó a exponer el discurso más difícil de toda su vida, aquel con el que rompió los esquemas de su existencia. Su figura había adquirido una luz especial, una llamarada de fuego la iluminaba de pies a cabeza, haciéndola más confiada, pero a la vez más grande frente al resto de sus compañeros. Todo el mundo la observaba en silencio. Los profesores y estudiantes de otras clases se asomaban desde la puerta, incrédulos ante el espectáculo al que estaban asistiendo. El público la admiraba en una especie de trance del que sólo saldría acabado el último párrafo. Su voz resonaba por todo el espacio acallando los pequeños rumores que apenas se percibían por el eco de un discurso que sería recordado como uno de los más célebres del colegio.
De vuelta a la realidad, frente a la cámara de representantes de las Naciones Unidas, Andrea termina un nuevo discurso contra el cambio climático entre aplausos y admiración. Recuerda y sonríe. Toda ella brilla como una estrella, sus ojos reflejan la llama intensa que desde entonces la acompaña. Las frases que nunca acababan ahora ya habían logrado alcanzar su final.