La caja de canicas

30 noviembre, 2020 in Cuentos

Apuró el cigarrillo entre los dedos y entró en casa dejando la ventana abierta, sintiendo todo el frío del invierno en sus huesos. Ya anochecía, se había jurado que ese sería su último cigarrillo del año, una promesa que se repetía cada tarde al ponerse el sol. Juan vivía solo y nunca había conocido el amor.

 

Encendió la televisión y se postró cual espectador pasivo ante el río de noticias que se sucedían delante de sus ojos, la mayoría de ellas catástrofes y alguna que otra curiosidad o hecho aislado, hasta que una emisión de última hora captó de pronto su atención. “Nos acaban de comunicar que D.Alfonso Martínez Dávila, ex ministro de justicia y abogado de renombre, ha sido hallado muerto en su domicilio. Dávila habría cumplido este año 54 años. Según confirman fuentes policiales, todo apunta a un presunto asesinato a causa de un ajuste de cuentas”.

 

Juan apagó el televisor, tiró el mando al suelo y apoyó sus manos sobre la cabeza . Una ráfaga de viento helado se coló por la ventana abierta. Sintió una puñalada en el pecho que le impedía respirar, sus pies se habían convertido en piedra, no podía moverse. Su gato maulló, reclamando comida. Pero Juan se había esfumado, se encontraba viajando a otro tiempo, a uno de los lugares más felices de su vida.

 

“Toma, coge un boli de mi estuche”. Era el primer día de clase y de los nervios, a Juan se le había olvidado el estuche con los lápices y colores. “Gracias”. Esas dos fueron las primeras palabras que Alfonso y Juan intercambiaron el 8 de septiembre de 1980 a las nueve y cuarto de la mañana. Desde ese momento, ambos se volvieron inseparables. Alfonso era el más popular de la clase, caía bien a todo el mundo y siempre había risas a su alrededor. Por contra, Juan era más bien tímido y aún hoy se preguntaba qué habría visto su amigo en él para sentarse a su lado aquel primer día de clase.

 

Se hicieron inseparables. Lo que más le gustaba a ambos eran las competiciones, aunque Alfonso siempre quería ganar y a Juan le gustaba seguirle la corriente. Durante los recreos jugaban a canicas y por las tardes al fútbol en el equipo del colegio. Como era de esperar, Alfonso marcaba todos los goles y siempre lo celebraba con los brazos en alto en señal de victoria. Las tardes en el campo de fútbol, las competiciones de canicas, los almuerzos en el banco del patio del colegio, las escapadas al río durante las tardes de verano…Cada recuerdo se presentó nítido en la cabeza de Juan, visitándolo por sorpresa aquella tarde de invierno. Había perdido la noción del tiempo. Una nueva ráfaga de aire fresco le hizo volver al presente. Abrió los ojos comprobando cómo su gato continuaba reclamando comida. Afuera ya era de noche y el olor a chimenea se colaba en el salón.

 

Juan se levantó del sofá, dio de comer al gato y volvió. Su mirada se fijó entonces, sin querer queriendo, en la caja de canicas. Una pequeña caja marrón, con letras decorativas en madera que yacía al fondo de la estantería sujetando sus novelas preferidas. Desde que se mudó a aquel apartamento hacía ya siete años, no había vuelto a reparar en ella. Notó su presencia, su valor en aquel momento, una caja que albergaba los mejores recuerdos de su infancia, algunos de los mejores momentos de su vida, aquellos que había compartido con Alfonso. Tímidamente, como siempre había sido, se acercó a ella y la cogió entre sus manos. Al abrirla, encontró cinco canicas y una fotografía.

 

“Guárdalas siempre, como recuerdo de nuestra amistad y si alguna vez nos separamos, será nuestra excusa para reencontrarnos”. Alfonso había entregado a Juan aquella caja como un regalo de su 14 cumpleaños. Días antes les habían tomado la fotografía, justo después de ganar la copa del distrito. Alfonso rodeaba a Juan con el brazo mientras éste sujetaba el balón, ambos sonreían a la cámara. “Mira, yo tengo otra caja igual. Así, cuando nos sintamos solos, siempre podremos juntarnos para jugar”. Un mes después, Alfonso partía camino a Madrid para estudiar la secundaria. Juan se quedó en el pueblo sin su amigo, solo, con su caja de canicas. Nunca más volvieron a reencontrarse ni a jugar un partido de fútbol, ni de bolas cristalinas.

 

Se acostó esa misma noche sin pegar ojo, pensando en la mejor manera de despedir a su amigo, arrepintiéndose del paso de los años, de la amistad perdida. ¿Dónde había estado todo este tiempo? Tras muchas vueltas de almohada, decidió jugar su última partida.

 

En cuanto el despertador marcó las ocho de la mañana saltó de la cama, recalentó el café de la noche anterior, se vistió por primera vez en varias semanas y bajó las escaleras enfundado en su abrigo de color caqui con la caja de canicas en el bolsillo. Iba a paso lento pero firme. Sabía hacia dónde se dirigía y no tardó ni un minuto en encontrarla. Nunca había estado tan cerca, ni tan lejos, de su amigo.

 

Las manos le sudaban en el bolsillo, con su mano izquierda acariciaba la caja de canicas, buscando con la mirada aquella ojos de pillo que tan bien conocía de su amigo, los encontró en el hijo mayor de Alfonso. Llegó hasta el tanatorio buscando una respuesta, una última despedida, un último reencuentro y en un abrir y cerrar de ojos, se dio de bruces con su pasado. Samuel, el hijo mayor, acababa de cumplir los catorce años hacía una semana y era el vivo recuerdo de su padre. A los ojos de Juan volvieron los partidos, los abrazos, los recreos de canicas.

 

Samuel reconoció en aquel hombre que se mantenía apartado de la multitud a un amigo de su padre que le había parecido ver en los álbumes en blanco y negro que reposaban sobre los estantes de la libería. Adivinó un brillo de tristeza en sus ojos y se acercó a él.

 

-“Perdone, ¿es usted amigo de mi padre?” – Al igual que Alfonso, Samuel gozaba de una perspicacia arrasadora capaz de lograr todo aquello que se proponía, sin una pizca de timidez que le impidiera desechar su curiosidad.

-“Así es. Mi nombre es Juan, tu padre y yo fuimos a la escuela juntos. Eres la viva imagen de tu padre” – Contestó Juan, absorto en la presencia del pequeño Samuel.

-“Ya me había parecido, creo recordar haber visto una foto suya en algún álbum antiguo, Papá me habló de usted en alguna ocasión. ¿Eran muy amigos?” – Samuel ya no vacilaba en preguntar a aquel hombre que al igual que a su padre, le transmitía una paciencia y confianza infinita.

-“Los mejores. He venido para cumplir una promesa que nos hicimos” – La caja de canicas resbalaba entre los dedos de Juan, quien veía reflejada la imagen de su amigo en la cara de aquel niño. Sacó del bolsillo la pequeña caja de canicas y se la tendió a Samuel.

-“¡Yo conozco esta caja! Espere un momento”.

 

Samuel salió corriendo y fue a decirle algo a su madre, quien charlaba con diversos familiares al fondo de la sala. La mujer se volvió un instante para mirar a Juan, quien no entendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo. De pronto, sonrió y agachó la cabeza, en señal de agradecimiento. Sacó algo del bolsillo y se lo dio a su hijo pequeño, quien retornó corriendo al encuentro de Juan.

 

-“Mi padre me regaló la misma caja el año pasado, al cumplir los 14 años. Me dijo que así, si alguna vez nos separábamos, tendríamos la manera volver a encontrarnos” – La llevaba en la mano, una caja marrón oscuro con bordados de madera y cinco canicas en su interior.

Las lágrimas brotaron de los ojos de Juan. Samuel se acercó al hombre rodeándole con los brazos y dándole un abrazo. Ese abrazo que dejó escapar, aquel que ya nunca llegaría de su amigo y que le llegaba de manos de su hijo. Al final, había llegado por fin, el esperado reencuentro.

-“Creo que es hora de que echemos una partida, ¿no te parece?” – Ambos sonrieron, abrieron sus cajas, y el partido dio comienzo.