El barco de la risa

16 diciembre, 2020 in Cuentos

Desde el capitán hasta el marinero, las carcajadas resonaban en cada hueco, esquina y recobeco del barco. Las risotadas eran tan fuertes, que atravesaban el mar entre las olas llegando incluso a escucharse en las costas de las islas más cercanas. Risas y más risas y todo, por un anillo.

 

Hacía ciento treinta y un días que el barco del pirata Barba Azul había zarpado de la costa inglesa atravesando el océano Atlántico y perdiéndose en buscar de nuevos tesoros y tierras que conquistar. El anillo llegó por sorpresa, escondido entre los matorrales de la isla “Esperanza”, dejado a su suerte o quizá a propósito por algún marinero olvidadizo, alguna sirena enamorada o algún intrépido aventurero. No se sabe muy bien cómo, pero aquel 25 de diciembre de 1820, llegó hasta las manos del capitán Barba Azul.

 

Tenía un brillo tan intenso que cegaba los ojos de aquél que lo miraba, redondo y dorado como el sol, constituía un tesoro único, exquisito y era, muy bello. Tenía un rasgo especial, una pequeña ranura que le hacía parecer un poco más viejo, un poco más usado, un poco más único en sí mismo, aportando valor y personalidad a la persona que lo llevara y todos aquellos que le acompañaran. Un anillo que no importara lo que pasara, tras cincuenta días desde su descubrimiento, perdía su brillo y volvía a su lugar de origen, en la isla “Esperanza”.

 

Barba Azul lo encontró tan rápido como quien encuentra una concha en la orilla del mar. Hasta sus ojos llegó el resplandor de la pequeña joya brillante escondida entre la maleza de la isla. Prendido por aquel fulgor, se acercó hasta el anillo y lo cogió entre sus dedos. Desde ese momento, ya no pudo parar de reir. Un capitán al que no le hacía gracia ni el chiste más gracioso, ni la broma más absurda, cuya rabia era un signo de reputación entre conocidos y más allá de las fronteras extranjeras, de pronto se vio envuelto en una nube de risas, carcajadas y sonrisas.

 

Todo era una broma, desde la tormenta más feroz hasta la lucha contra el animal más salvaje. Desde que el anillo se alojara en el dedo del capitán, el barco se convirtió todo él en un gran chiste, en una broma. No había acontecimiento que no acabara en risa, ni motivo para llorar. Fregar el suelo, cocinar, izar las banderas, ver a los delfines saltar…por cualquier acontecimiento los marineros acababan retorciéndose en el suelo desde la mañana hasta la noche. Todo el barco era una gran broma en la que navegaban sin rumbo fijo, paseando de isla en isla y viendo la vida pasar entre risotadas.

 

Pero no todo eran risas. Cada noche al acostarse y cada mañana al despertar, el capitán Barba Azul amanecía con un miedo feroz a quedarse sin las risas, a perder el anillo que le había devuelto a la vida a sí mismo y a su tripulación. Un escalofrío recorría su cuerpo al dejar cada noche el anillo sobre la mesilla, soñando con que alguien podría entrar y robarlo, con despertar sin verlo, con despertar llorando. Se sumía en un sueño profundo en el que vagaba por el mar buscando su anillo, perdido entre las olas, enfrentándose a marineros y piratas por las risas del preciado tesoro. Otros días imaginaba que su mano había crecido desmesuradamente y el anillo era incapaz de entrar en su dedo, por más que lo intentaba, no lo conseguía y debía finalmente, abandonarlo a su destino. Unos sueños que cada mañana desaparecían cuando al abrir los ojos, allí se encontraba, redondo y brillante, su anillo de la risa.

 

Un tesoro que tras de sí escondía, al igual que los sueños del capitán, unas oscuras consecuencias. El poder del anillo de la risa iba más allá de las risas y la alegría. Los piratas y el mismo capitán comenzaban a actuar de las maneras más extrañas extravagantes quitándole importancia a todo cuanto antes importaba. Día sí y día también, se lanzaban al vacío por la cubierta saltando al mar. Puesto que no había preocupación de ahogarse, ningún marinero acudía al rescate, y muchos morían ahogados de la risa entre las olas. En la cocina no paraban de hallarse quemaduras de tercer y cuarto grado de la risa y en las batallas contra otros barcos, la cosa empeoraba aún más. Tales comenzaron a ser conocidas las masacres contra el barco de la risa, pues su tripulación, al parecer, en vez de oponer resistencia, se reía en la cara de aquellos que les visitaban.

 

Muchos fueron los que perdieron la vida en el barco de la risa durante aquel año pero al final, ya fuera por suerte o por desgracia, tras cincuenta días de diversión y risotadas, el anillo de la risa dejó de brillar, desapareciendo de la mesilla de noche del capitán y devolviendo a la tripulación a una oscura realidad. Despertando del aletargado sueño, el capitán subió a cubierta y contempló el paisaje desolador. En menos de un año de travesía había perdido a más de la mitad de su tripulación, quienes al final, había muerto de risa. Aquellos que quedaban, ni siquiera recordaban la existencia del anillo.

 

Una rabia inmensa dejó paso a la alegría, recobrando la personalidad de Barba Azul el bravo, el feroz, aquel que no teme ni a la más grande de las tormentas, ni al anillo más insignificante. Tras un año de travesía, decidió poner rumbo y enfrentarse a la causa de su desdicha: el anillo de la risa. Cincuenta días y cincuenta noches más pasaron vagando en su busca. El carácter del capitán se agrió aún más y desde entonces era conocido por ser el pirata más rastrero, serio y aburrido de los mares. No comía, ni bebía, sólo en su mente tenía presente una idea: destruir aquel preciado tesoro que sólo podía estar en un lugar: “La isla Esperanza”.

 

Una isla que de nuevo les atrajo con la marea ansiando de nuevo la llegada del barco pirata. Escondido entre los arbustos, como aquella primera vez, el anillo esperaba paciente la llegada del capitán. Su brillo era aún más intenso que la primera vez, parecía expectante con el nuevo reencuentro. Al ver la isla a lo lejos, el capitán Barba Azul pudo identificar aquel brillo singular que sobresalía de la maleza, aquella llamarada que los invitaba a acudir de nuevo a la isla “Esperanza”.

 

-“¡Preparados para el abordaje!”

 

Nunca antes el capitán había sentido tanto miedo contra un enemigo tan pequeño, tan insignificante y a la vez, tan poderoso. Atracaron en la orilla y descendieron despacio, con sus espadas en mano, dirigiéndose hacia los arbustos. El brillo y el anillo los esperaban. El capitán se aproximó, intentando no dejarse embaucar una vez más por aquel fulgor. Lo cogió entre sus manos, el brillo se volvió aún más intenso, cegando al capitán quien tuvo que soltar la pequeña joya al instante. Blandió su espada.

 

-“Olvídate de la risa, anillo”.

 

¡Zas, zas zas! Una y otra vez golpeó el capitán la pequeña pieza de oro, que no dejaba de relucir ni por un instante, ni dejándose amedrentar por los espadazos que una y otra vez le propinaba el capitán.

 

-“¡Traed el soldador!”

 

Intentaron partirlo, soldarlo, fundirlo…todo era inútil. El anillo permanecía duro como una piedra, sin apenas un rasguño salvo la pequeña ranura que ya tenía. Uno a uno fueron pasando los marineros para intentar destruirlo, el capitán observaba en silencio y se comía la cabeza pensando nuevas formas de acabar con él. Al final, agotados con la caída del sol y en un ataque de rabia profunda, el capitán Barba Azul cogió el anillo y lo lanzó al fondo del mar.

 

Todos se quedaron mirando al vacío, su brillo aún podía observarse durante la noche, parecía una estrella caída del cielo. No podían dejar de mirarlo. El capitán sabía que aún estaba vivo, que aún atraía la risa, que era imposible derrotarlo.

 

Y así fue, a la mañana siguiente, no se sabe cómo ni por qué, quizá fuera el azar, quizá algún marinero atraído por su poder, el anillo amaneció de nuevo en la isla “Esperanza”, esperando paciente un nuevo dedo al que embrujar. No se sabe a ciencia cierta si volvió a manos de Barba Azul, si algún inocente marinero se lo apropió. Lo que sí se sabe, es que aquel barco pirata nunca volvió a tierra y cuentan los marineros más intrépidos, que aún se escuchan risas y carcajadas cerca de la costa de la isla “Esperanza”.

3 comentarios
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