Allí estaba ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba a abajo. La viva imagen de su niñez ante sus ojos. Allí estaba ella, una pequeña de siete años jugando con sus juguetes favoritos, convirtiendo la habitación en una sala de operaciones por la que pasaban todos los ositos de peluche, las barbies y los nenuco por orden de tamaño, de los más grandes a los más chicos. Era una mañana de verano en la que la claridad comenzaba a asomar por la ventana y el sol se reflejaba en el espejo.
La observó desde la puerta, no cabía en sí de tanto cariño. La niña sonreía mientras jugaba y se desvivía por atender a todos los pacientes a los que pasaba la consulta matutina. Llevaba un vestido de flores amarillo y el pelo suelto con un pequeño “kiki” sobre a cabeza. Alguien llamó desde la cocina y la niña alzó la vista, justo en el momento en que se daba la vuelta… Despertó. La habitación estaba a oscuras y tan sólo una ligera brizna de luz de las farolas se colaba entre los ventanales de su ático. El aire sopló y la hizo estremecer de nuevo. Aquel sueño, otra vez. Tardó en darse cuenta de dónde se encontraba. Se levantó soñolienta y fue hasta la cocina.
Desde hacía un mes no paraba de tener el mismo sueño, la misma imagen, un reencuentro con su yo pequeña, con aquella niña que había sido. En todos ellos la espiaba colándose en su habitación, en el parque, en el colegio, en las cenas familiares con mamá y papá. En todas ellas la espiaba, pero no se atrevía a acercarse, a tocarla, a hablar con ella. Siempre despertaba en el momento justo en que la niña se daba la vuelta y levantaba la cabeza ante algún ruido o llamada de atención. Se sentía dentro de una máquina del tiempo, como viajando a una realidad paralela de la que era testigo de su infancia sin ser capaz de hacerle frente.
Aquel sueño no la dejaba dormir, como tampoco despertar. Deambulaba todo el día de un lado a otro mecida en un estado de hipnosis en el que comenzaba a no distinguir entre sueño y realidad. Y de nuevo, como cada noche, volvía a encontrarla. Allí estaba esta vez, haciendo un castillo de arena en la playa. Ella la observaba desde lejos, sentada en una tumbona al sol. Era verano (siempre era verano) y había bastante gente alrededor. Papá leía el periódico y mamá tomaba el sol tumbada en una toalla. De pronto, como siempre ocurría, una leve brisa hizo a la pequeña levantar la vista. Esta vez ella no lo vio venir, y presa del pánico vio cómo aquella niña la miraba, se quedaba observándola, se miraron. Amaneció llorando. Era algo raro, inesperado, como un llanto sinsentido. Su yo pequeña la había encontrado, la había descubierto y ya no tenía escapatoria.
La siguiente noche ella se encontraba fuera de casa de sus padres, observando la cena de nochebuena. Alrededor de una mesa comían y bebían toda la familia, sus padres, los primos, los abuelos y por supuesto, la niña. Siempre la misma edad, siempre el mismo vestido. Allí estaba ella, observando a aquella niña feliz aprovechándose de todos los aperitivos sobre la mesa mientras escuchaba a los adultos hablar en un lenguaje que apenas comprendía. El teléfono sonó y la niña salió corriendo del plano de la imagen. ¿Dónde estaba?
-“Es para ti, ¿Entras?”-Escuchó la voz de la niña a su espalda y un escalofrío recorrió su cuerpo. Se giró lentamente, sin querer saber qué sucedería a continuación. Allí estaba, su yo pequeña, su yo diminuta se había escabullido saltándose las reglas y abandonado la escena para ir a buscarla, para encontrarla. Sonreía de una manera peculiar, como si ya la conociera. Intentó hablarle pero fue incapaz. No le salían las palabras y a la vez quería decirle tantas cosas. Intentó articular al menos una frase pero fue en vano. Querría haber gritado, salir corriendo, despertar del sueño, pero era incapaz, aquello continuaba, y ahora ella no tenía voz para despertar.
-”Venga, ¿vas a entrar en casa?”-La niña le tendió la mano. Aquella infantil mano estaba fría como el hielo, congelada. Intentó zafarse pero no pudo. La niña le apretó la mano arrastrándola hacia el interior de la casa. Entraron en el salón y todos los presentes se giraron a mirarlas. El padre sonrió. No era aquella sonrisa la que recordaba de pequeña. Esta tenía matices de ironía, de perspicacia, parecía un tanto diabólica.
-”Por fin te has atrevido”-Musitó, y todos rieron.
Ella soltó la mano de la niña y corrió escaleras arriba, donde recordaba que estaba su cuarto, buscando un refugio, una salida para despertar. Abrió la puerta y allí encontró a los pacientes y el gabinete médico, todo estaba intacto tal y como recordaba haberlo dejado en el último sueño.
-”¡Qué bien que por fin hayas venido! Ahora ya podremos jugar juntas, tú serás mi siguiente paciente”-dijo la niña sonriendo mientras ponía a punto su maletín de médico y apartaba los muñecos en la cama.
Ella la miró estupefacta. Su instinto le invitaba a gritar, a despertar. Se pellizcó el brazo en un intento suicida de intentar salir de aquel sueño. Sentía el pellizco, pero nada sucedía. Mientras, la niña la observaba, esperándola. Se dio palmadas en la cara, en los brazos, en la cabeza. Nada.
-“No intentes despertar, es inevitable”-le dijo la niña.
Miró a la ventana. No tenía elección. Quería salir de aquel sueño y aquella era la única opción. Dio un paso atrás. Miró a la niña, seguía sonriendo de aquella manera. Miro a la ventana de nuevo, cerró los ojos y se lanzó de un salto al vacío.
-”Muy bien señorita, menudo golpe se ha dado usted. ¡A quién se le ocurre saltar por una ventana!”-Una voz le llegaba a lo lejos. Se encontraba tumbada en una cama, era cómoda y la luz del sol se colaba por la ventana, reflejándose en el cristal. Respiró aliviada, aunque no parecía del todo un hospital. Se sintió calmada por un instante, con la agradable sensación de haber puesto fin a su pesadilla. Hasta que alzó la vista.
Allí estaba ella, su doctora, preparando un mejunje de distintas salsas mientras cantaba una alegre canción de infancia. Miró alrededor y vio los peluches, el espejo donde se reflejaba el amanecer de un nuevo día. No lo había logrado. Y ahora, encima de no poder hablar, tampoco podía moverse.
-”Prométeme que te vas tomar todo este jarabe y te vas a portar bien”.-La niña sonreía, feliz de haber encontrado a una nueva compañera de juegos. Y allí estaba ella, había vuelto a su niñez en forma de adulta y ahora era ésta quien no la dejaba escapar, secuestrada por su niña interior en un sueño infinito, y profundo.